Magia del bosque de manglares en Arroyo Moreno

Víctor M. Toriz

Veracruz, Ver.-

El recorrido inicia en un punto que tiene en un costado el imponente mar abierto y en el otro un verde profundo de frondosos árboles que se reflejan en el agua y hacia donde la embarcación se enfila movida por la corriente y el viento.

El agua dulce no se mezcla con el agua salada, pero sí con tres ríos que nacen en lo alto de la montaña Pico de Orizaba: el Jamapa, Cotaxtla y el arroyo Moreno, un afluente más pequeño pero que termina dando el nombre al sitio.

Se parte del pequeño muelle de pescadores que quedó atrapado en la modernidad del corazón de Boca del Río, actualmente la ciudad turística por excelencia en la región costera central del estado de Veracruz.

Las siluetas de otros barcos con hombres solitarios que sueltan sus redes debajo de dos viejos puentes por donde ingresan vehículos las 24 horas a la ciudad, es lo primero que se aprecia en el lugar lleno de naturaleza.

En el bosque de manglar del Arroyo Moreno existen tres especies de mangle: el rojo, el negro y el blanco, la diferencia se encuentra en la forma de sus hojas, en sus semillas y en sus flores.

Si se fija la mirada en el fango de la orilla se pueden distinguir pequeños agujeros, de donde tenazas y caparazones azules se asoman atraídos por el ruido del motor de la embarcación que para ese entonces se apaga momentáneamente.

Son cangrejos azules, sin embargo, otras especies de peces como el imponente Sábalo nacen y crecen en este lugar antes de adentrarse en las aguas del profundo mar del Golfo de México.

Las aves migrantes en esta época del año y otras especies endémicas como el Pato Buzo, la Garceta negra y los Halcones Peregrino acompañan en el oficio a los pescadores que aprovechan la bondad del estero.

Jesús Ramírez Arano, un hombre moreno de 68 años de edad, boqueño de nacimiento y pescador de toda la vida, conduce el destino de la lancha llena de turistas animados por el recorrido.

Es uno de los pobladores locales que fue testigo de la transformación acelerada de la ciudad que apenas hace 30 años era todavía una Villa en la que la pesca era la principal actividad económica, pero que con el paso del tiempo se convirtió en un baluarte turístico que ahora da sustento a personas como él.

Eso lo cuenta con nostalgia hasta que emocionado muestra el bosque de manglares que se forma en los costados del río y el horizonte del río, 310 hectáreas que bordean la rivera y que en algunos puntos forman pequeñas islas que se convierten en paraísos naturales.

Las ramas y las raíces son una misma que no se sabe si su inicio es la profundidad del agua o la copa donde descansan las garzas.

Si se tiene suerte, afirma el pescador, se pueden ver cocodrilos y nutrias; muy temprano y en ciertas temporadas delfines que se adentran a las aguas dulces o manatís que se desplazan del sistema lagunar interconectado a este santuario.

El recorrido continúa en brechas que se abren como las mismas ramas de los manglares sobre el arroyo Moreno, hasta que se alcanzan canales rodeados de residencias con estilos modernos o clásicos que son utilizadas por familias adineradas para descansar los fines de semana.

La propiedades de lujo son parte del atractivo turístico, Jesús Ramírez Arano afirma que desde hace unos 10 años se le comenzó a llamar “La pequeña Venecia veracruzana” y sorprende a los turistas porque llena un sentimiento aspiracional al ver las monumentales residencias con yates y cayacs atados en pequeños muelles.

Entre todo ese lujo una antigua edificación llama la atención, es una propiedad en ruinas que deja ver la piedra múcara características de las construcciones del Veracruz del siglo XVIII.

Es la casa de la Condesa del Malibrán, una mujer que vivió en aquella época y cuya historia hace erizar la piel a los tripulantes del recorrido, lo mismo que la leyenda sobre otra construcción cercana que jamás pudo ser terminada y a la cual pobladores llaman la casa del diablo.

Ambas historias la cuenta con todos los detalles con la embarcación completamente detenida y en medio de un silencio que es interrumpido de vez en cuando por el salto de los peces que siguen haciendo su vida debajo del agua.

Después de una hora el recorrido retoma el bosque de mangles para dirigirse nuevamente a la bocana del río Jamapa, en la desembocadura donde el mismo muelle de pescadores de donde se partió espera para el descenso de los turistas y el ascenso de otro grupo que se alista para escuchar un recorrido único en Veracruz, lleno de naturaleza, modernidad e historias del folclor popular de los boqueño.

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