Por Víctor Toriz
Veracruz, Ver.-Un monigote vestido en harapos, con sombrero de paja, barba de estopa, relleno de viruta y papel periódico es agitado con ritmo de música tropical por las calles del puerto de Veracruz.
Aparece en los últimos días de diciembre desde hace unos 150 años y le llaman viejo. Cuando lo dejan quieto se queda sentado afuera de las casas sobre una silla, esperando a la medianoche del 31 de diciembre para que le prendan fuego y celebren la llegada del año nuevo.
En folclore popular jarocho y el imaginario actual, representa el año que termina y con su quema se despide lo malo que pasó durante ese tiempo.
Sin embargo, esta tradición porteña surgió en los muelles veracruzanos como una protesta laboral entre los años de 1860 y 1870, detalla el historiador y Director del Museo de la Ciudad, Ricardo Cañas Montalvo, quien a largo de su carrera se ha dedicado a estudiar la cultura popular de la ciudad de Veracruz.
El especialista relata que obreros portuarios de la antigua aduana iniciaron una protesta en aquellos años para quejarse por la falta de pagos que gratificaran las jornadas de todo un año, antes de que existiera el pago del aguinaldo como un derecho establecido en la Ley.
Al frente de la protesta figuraba un trabajador cuyo registro apunta al apellido Brubil, quien reclamó a directivos de la antigua aduana que se repartían la mercancía o productos que nadie reclamaba todo el año y no les daban nada a ellos.
Su reclamo fue respondido con la cárcel, sus compañeros salieron a las calles para pedir cooperación para poder pagar la fianza, pero lo hicieron usando la imagen de un viejo chino de barbas largas que llegó masivamente estampado en calendarios a bordo de una embarcación.
Los obreros portuarios, que en su mayoría eran originarios del tradicional Barrio de La Huaca, escribieron la protesta como estribillos, acompañados primeros de golpes en cazuelas, después el folclor jarocho le agregó ritmos de música tradicional, como el son jarocho e incluso el son montuno.
La tradición sobrevive desde entonces, en cada casa de la ciudad de Veracruz y municipios cercanos a donde la tradición ha llegado en estos 150 años.
Sin embargo, en zonas como los mercados de la ciudad y los patios de vecindad del centro histórico, es donde se vive aún con algarabía.
“Una limosna para este pobre viejo… Una limosna para este pobre viejo”, se repite cada que se suelta una rima, verso o décima acompañado con la música, mientras se recibe una moneda de los amigos, transeúntes o turistas que en ratos cortos se suman al baile.
El dinero al final sirve para afianzar la fiesta de la medianoche, en la que el monigote que danzó todo el día previo terminará quemado.