¡Todos a bordo!

*Antiguas máquinas y vagones del tren ven pasar el tiempo en una antiquísima estación del ferrocarril de la ciudad de Xalapa, donde se añora el paso de El Jarocho

Javier Salas Hernández

Xalapa, Ver. – Han transcurrido 23 años y 6 meses sin verse a “El Jarocho”, un caballo de hierro que en sus días de gloria no cabalgaba, rodaba sobre rieles de acero capaces de soportar su enorme tonelaje de carga.

Siempre llevaba un peso adicional de los pasajeros, maletas y vendedores que subían de estación tras estación a ofrecer todo tipo de antojitos y bebidas. No solo abordaban de estación en estación con maletas, morrales y canastas en mano, jalaban con gallinas, patos, guajolotes y hasta alguno que otro cerdito.

Fue uno de los pilares fundamentales de la Revolución Mexicana e incluso, una musa inspiradora de músicos desconocidos, como el sargento Antonio Gil del Río compositor de la letra del corrido “Adelita”, y uno de los pilares de la economía regional.

Los trenes de pasajeros, incluido “El Jarocho”, dejaron de rodar por el país desde el 1 de enero de 2000 por la privatización de Ferrocarriles Nacionales de México. Y las vías, y las estaciones quedaron en el abandono.

Antes de esa fatídica fecha, a las 7:00 en punto, en la estación del puerto de Veracruz, el Jefe daba la orden de salida y de inmediato, su segundo, el Jefe de Tren, tomaba el control total y con voz potente para que todos lo escucharan y nadie quedara varado, espetaba: ¡Todos a bordo!

Y los atrasados, aceleraban el paso y los más rezagados, emprendían un spring mañanero para abordar. Así, todos los días, con lluvia, sol o frío, la escena se repetía.

En uno de los patios de maniobras de la vieja estación de la ciudad, uno de los coches de pasajeros, que tal vez perteneció a El Jarocho, aquel tren que con su poderosa máquina a vapor y su enorme caldera, hacia la travesía de Veracruz a la Ciudad de México, todos los días, de lunes a domingo, los 365 días del año.

Ahora, ese viejo vagón, descascarado y derruido, casi desbaratándose, ya no escucha más esa voz. Ahí está, desmantelado y arrumbado, y peor aún, afuera de las vías, donde en sus tiempos de gloria pasó toda su vida activa.

Sin algunas de sus ventanas, como un peine viejo sin dientes, con su madera de caoba que a pesar de los años aún destila su peculiar aroma. Ese viejo vagón que en su momento vivió todo un esplendor transportando a miles de personas en sus sillones de madera, que al paso de las horas se convertía en un calvario ir sobre ellos, resiste el paso del tiempo y tal vez, resistiendo los ataques de los ejércitos de polillas o termitas.

El viejo vagón con su techo estilo canoa, seguramente encierra un cúmulo de historias y anécdotas de miles de pasajeros que se atrevieron a viajar ahí, y vaya que era una osadía viajar casi 10 horas.

La primera ruta Ferroviaria del país fue la México-Veracruz, pasando por Puebla y Xalapa, inaugurada el 1 de enero de 1873. Ese día nació “El Jarocho”, que por 150 años transportó a cientos de miles de pasajeros de todos los estratos sociales.

Al tener en su ruta a la capital del estado se edificó la primera Estación en la zona de Los Sauces en 1892 y en 1954 se inauguró la nueva moderna Estación en la zona Este de la ciudad. En su momento, una majestuosa obra, hoy abandonada y prácticamente en ruinas.

El patio de maniobras que, por años, día y noche, tenía una enorme incesante actividad. Y por la sala de espera en la que decenas de personas que entraban y salían, ahora parece una sala fantasma.

Los rieles tal parece que añoran aquellos tiempos en los que sentían el paso de las pesadas ruedas de acero de las locomotoras, los coches de pasajeros y los vagones, que parecían una tersa caricia.

Ahora, dos veces al día los interminables vagones de carga, que de vez en cuando ruedan en horas pico, desquician por unos minutos el tránsito vehicular a su paso.

Hace tres años, el Consejo Nacional Empresarial anunció un proyecto que contemplaba el resurgimiento de la ruta ferroviaria de pasajeros CDMX-Veracruz, más que nada para reimpulsar el turismo.

Hoy en día muchos añoran y otros quisieran volver a escuchar el ¡Todos a bordo!

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